Crisis hegemónica y mundo multipolar: algunas implicaciones para América Latina

Daniele Benzi

Diciembre de 2009

danielebenzi@hotmail.com

La globalización ha menudo ha presentado una caracterización abstracta, determinista, en muchos casos eufórica; como si estuviese ocurriendo (o hubiese ya ocurrido) en un vacío de poder; esto es, como resultado de impulsos automáticos, y no menos enigmáticos, del mercado (Saxe-Fernández; Delgado-Ramos, 2004).

Tras el agotamiento de las fórmulas keynesianas en los Estados de “bienestar” del centro y el fracaso del “desarrollismo” en los países periféricos, el neoliberalismo ha sido vendido como una nueva y única receta para el “desarrollo”. “There is no alternative”, declaraba la Señora Thatcher, con lo que ocultaba lo esencial: el hecho de haber sido una estrategia global nacida con el preciso objetivo de restablecer la primacía de Estados Unidos, que había entrado en crisis por diferentes razones a finales de los años sesenta. Merece la pena recordar, una vez más, las palabras que Henry Kissinger pronunciara el 12 de octubre de 1996 frente a los estudiantes del Trinity College de Dublín: “Globalización es simplemente otro nombre para indicar el dominio de los Estados Unidos”.

En los trabajos de Giovanni Arrighi el neoliberalismo es presentado pura y sencillamente como una contrarrevolución del capital que, en los hechos, ha desplegado exitosamente, hasta finales del siglo pasado, una vehemente batalla contra los trabajadores del Norte y el Tercer Mundo en su conjunto. Sin embargo, como es obvio, los resultados han sido muy dispares. Si seguimos al estudioso italiano recién fallecido, se puede resumir el panorama surgido tras la tormenta neoliberal (o la euforia globalizadora) de esta manera:

En primer lugar, en los años noventa los Estados Unidos lograron revertir el relativo declive de los sesenta y setenta, mas este revés ha sido enteramente compensado por el deterioro de la posición relativa de Europa del Oeste y del Sur y de Japón. En segundo lugar, en los años ochenta tanto África Sub-sahariana como América Latina experimentaron un declive aún mayor del que no se han recuperado todavía, seguidas en los años noventa por un declive relativo igualmente significativo de la antigua Unión Soviética. En tercer lugar, los grandes ganadores han sido los países del Sureste asiático y Japón hasta 1990 y la India y la China en los años ochenta y noventa, aunque los avances logrados por ésta han sido mucho más sustanciales que los de la India. (Arrigí y Zhang, 2009)1

No obstante, parecería que el proyecto reaccionario para un “nuevo siglo americano” es cosa del pasado. Tal vez esta idea se construyó a raíz de la propia cruzada emprendida por la administración Bush (léase también como renovado keynesianismo militar), en conjunto con el incontenible derrumbe de los castillos financieros construidos para contrarrestar el declive de la economía real estadounidense, que ocurría al calor de la actual crisis.

La noción de un nuevo Beijing Consensus es dudosa y realmente exagerada, sin embargo, Joshua Cooper Ramo está en lo cierto al afirmar que:

El Washington Consensus ha dejado un rastro de economías destruidas y amargos sentimientos alrededor del globo [...] La nueva aproximación de China al desarrollo es tan flexible como para que apenas se podría clasificarla de doctrina. No cree en soluciones únicas para todas las situaciones. Se define por una viva defensa de los intereses y fronteras nacionales, y por una creciente [...] acumulación de instrumentos de proyección de poder asimétrico [...] Mientras que los Estados Unidos están persiguiendo políticas unilaterales enderezadas a proteger los intereses de Estados Unidos, China está reuniendo los recursos para eclipsar a Estados Unidos en muchas áreas esenciales de los asuntos internacionales construyendo un entorno que dificultará mucho la acción hegemónica de Estados Unidos [...]. (Cooper Ramo en Arrighi; Zhang, 2009)2

No se trata exclusivamente de la posición de China, aunque evidentemente esa nación juegue un papel destacado. Países como Rusia, Sudáfrica, India, Brasil, por mencionar sólo a los más poderosos; así como el surgimiento de inéditas alianzas, bloques regionales y esquemas de cooperación Sur-Sur; más que en un improbable Beijing Consensus, hacen inclinar la mirada hacia un posible (pero meramente eventual) resurgimiento del espíritu de Bandung sobre nuevas bases.

Al mismo tiempo, no se pueden excluir de nuestro análisis la cooptación de los grandes “emergentes” por parte de los países centrales, donde hoy día se concentra el grueso de la acumulación mundial, ni las tentaciones reaccionarias globales, o más bien localizadas regionalmente, como las ocurridas en los años ochenta. La primera hipótesis está bien sustentada en las nociones de imperialismo colectivo (Amin, 2004) o de multipolaridad opresiva (Katz, 2009), las cuales reemplazarían o simplemente se sumarían al imperialismo de la tríade. En este sentido, hay señales contradictorias en el plano político y militar, pero, sobre todo, en la esfera económica, pues, son escasos los elementos para intentar pronósticos que vayan más allá de meras conjeturas.

Lo que parece cierto, sin embargo, es que por más que cada uno de los países apenas mencionados trate, de una manera u otra, de abrir (o reabrir) espacios para una lenta y progresiva multilateralización de las relaciones e instituciones internacionales, ninguno de ellos, hasta la fecha, parece haber experimentado o querer experimentar cambios significativos más allá de los esquemas capitalistas: ni en el patrón de acumulación y desarrollo dominante (sobre todo en lo que se refiere al medio ambiente y a los modelos de consumo) ni en los mecanismos de democracia interna.

Como resalta Alain Gresh desde las páginas de Le Monde Diplomatique “Ninguno de estos Estados está animado por una ideología global, como lo estaba la Unión Soviética. Ninguno se presenta como un modelo alternativo. Todos han aceptado, en mayor o menor medida, la economía de mercado. Pero ninguno piensa en transigir con sus intereses nacionales” (Gresh, noviembre de 2008: s/p). La defensa del interés nacional y la “vuelta” del Estado como actor internacional estratégico representan las verdaderas novedades, sin que esto signifique en absoluto más democracia o indicios de proyectos emancipadores. Aquella parte de la izquierda mundial que teoriza o coquetea con la tesis multipolar como condición propicia (o incluso necesaria) para mayores transformaciones sociales, no debería olvidar, tal como recuerda Katz (2009), que una nueva reconfiguración de las relaciones internacionales no favorecería por sí misma a las mayorías populares.

Con respecto al tema estratégico de las nuevas regionalizaciones y de la cooperación Sur-Sur, se puede destacar que existen ya demasiados ejemplos en las relaciones políticas y económicas entre los nuevos “emergentes” y los países “subdesarrollados”, de las cuales se desprende en modo evidente la reproducción de los patrones Norte-Sur, a pesar de que en el corto plazo parezcan o sean realmente más convenientes. Es suficiente mencionar la actual cooperación china en África como caso emblemático, aunque, por supuesto, no es el único. En esa misma dirección camina, para no ir tan lejos, la política de “cooperación” mexicana hacia Centroamérica docet.

En todo caso, cabe recordar que no se trata de algo completamente nuevo. Ya a finales de los años sesenta, Ruy Mauro Marini acuñaba el concepto de subimperialismo con respecto a la política exterior de la dictadura brasileña para explicar este fenómeno. Y con objetivos sensiblemente diferentes, desde hace mucho, Immanuel Wallerstein emplea la categoría de semiperiferia en el análisis del sistema-mundo capitalista. Ambas expresiones recobran hoy día mucha actualidad, pues “permiten captar el dinamismo contradictorio del capitalismo” que “periódicamente transforma las relaciones de fuerza en el mercado mundial” (Katz, 2009). Además, si se relee el Informe sobre La crisis económica y social del mundo que Fidel Castro presentara en 1983 en la VII Cumbre de Países no alineados de La Habana, se notará que dentro del apartado sobre la cooperación Sur-Sur y la integración regional, semejantes problemáticas vienen ya abordadas con una lucidez extraordinaria.

¿Qué implicaciones tiene (y tendrá) todo esto con la situación de América Latina?

La crisis que el subcontinente vivió en las últimas tres décadas constituye parte esencial de la más amplia transformación que el sistema capitalista ha experimentado a escala mundial. La estrategia dominante de reestructuración emprendida desde la mitad de los años setenta, ha encontrado, en la región, cómplices de la represión en las dictaduras militares y la trampa de la deuda; así como una cuna y laboratorio privilegiado de experimentación. El resultado determinante de este proceso ha significado para Latinoamérica una renovada fase de apertura y una cada vez más estrecha integración a la estructura productiva, comercial y financiera mundial. De ningún modo, sin embargo, se ha dado una recuperación del crecimiento económico o una mayor estabilidad política y más equitativa redistribución de la renta, que no haya sido en seguida interrumpida por cracks financieros, y mucho menos se han presentado ambas circunstancias. Al contrario, tras casi treinta años de distintas etapas marcadas por el neoliberalismo, el balance general es crítico y bien documentado por los innumerables relatos del “saqueo” y las cifras despiadadas que hablan sobre los indicadores socioeconómicos.

Sin embargo, como es bien sabido, en este contexto ha ido madurando un heterogéneo y masivo frente de oposición al neoliberalismo, como doctrina económica, y a sus herramientas de gobierno. En muchos países se ha ido evidenciando, paulatinamente, la fragilidad de los “pactos” de transición posdictatorial y la debilidad del sistema tradicional de partidos que los habían negociado y representado, lo cual propicia las condiciones para la puesta en marcha de diferentes proyectos políticos e institucionales más o menos alternativos al modelo. Finalmente, el desprestigio en el que se hundieron las dos “gemelas de Bretton Woods” –FMI y BM– ha puesto a reconsiderar, en primer plano, su papel con respecto al desarrollo de la región, por su gestión inadecuada y nada neutral de la crisis de la deuda y la imposición de los planes de ajuste estructural.

En suma, Julio Gambina ha descrito muy eficazmente el panorama de los últimos años en estos términos, al subrayar lo esencial desde una óptica progresista; esto es, la emergencia de nuevos sujetos políticos y sociales, así como el amplio abanico de posibilidades que entreabre esa situación:

Son años de profundos cambios en la correlación de fuerzas sociales, políticas e ideológicas [...] Pero aun siendo la dinámica social la condición necesaria de los cambios, no explica la totalidad de los mismos, pues el dato relevante proviene de la posibilidad política para que esa manifestación de poder popular incida en la gestión de gobierno para disputar el orden social, tanto local como global. Nuestra afirmación se vincula al hecho de que no todas las revueltas populares han significado mutaciones en la cuestión del poder y mucho menos en abrir paso a una política de modificación de las relaciones sociales de producción que apunten a eliminar el sustento social derivado de la explotación. El nuevo dato de la realidad regional resulta del surgimiento de nuevos sujetos políticos que empiezan a discutir y reorientar el rumbo del orden social vigente. (Gambina, 2008: pp.1-2).

Desde una perspectiva histórica más amplia, hay que considerar también que los últimos dos siglos de América Latina han sido profundamente marcados por la constante injerencia política, económica y militar de Estados Unidos. La pretensión hegemónica de excluir la influencia de otros países y mantener firme la suya es un hecho fácilmente constatable y determinante para la evolución del subcontinente. Al mismo tiempo, desde la convocatoria que Bolívar hiciera del Congreso Anfictiónico de Panamá, Estados Unidos ha trabajado sin descanso para frenar todo intento de unidad, y más adelante de integración, que amenazara concretamente sus intereses.

La capacidad norteamericana de influencia directa en el área se ha debilitado bastante en años recientes. Maniobras unilaterales y descaradas como las del pasado no deberían constituir jamás una opción viable en el nuevo contexto latinoamericano. En repetidas ocasiones, los nuevos líderes han mostrado, en las relaciones diplomáticas con el vecino del Norte, una solidaridad entre sí impensable hace sólo algunos años. No obstante, el activismo estadounidense sigue siendo muy agresivo.

Frente a la incapacidad de proponer una alternativa a una opción comercial hemisférica única como el ALCA, hostigada firmemente por los movimientos populares y rechazada por aquellos gobiernos que consideraron las condiciones establecidas desventajosas para sus países, Estados Unidos contraatacó al presionar a sus aliados para conseguir tratados bilaterales de libre comercio (TLC). Además, la tentación a una persistente penetración militar –a través de los planes supuestamente de lucha al narcotráfico y al terrorismo, o el despliegue de la IV Flota–, así como el uso de todas las herramientas diplomáticas y de los servicios secretos a su alcance para debilitar a los gobiernos no alineados, evidencia una presencia que sigue siendo muy fuerte. Las numerosas ambigüedades frente al golpe en Honduras y la instalación de siete nuevas bases en Colombia ponen, hoy día y una vez más, de manifiesto esta situación.

En este sentido, parece muy aguda la intervención que Saxe-Fernández hiciera hace unos meses en la última edición del Encuentro de Economistas sobre Globalización y Problemas del Desarrollo de La Habana:

Al calor de esta crisis [dijo] muta la ecuación del poder mundial con un perceptible deterioro hegemónico de los Estados Unidos [...] en dos fundamentos de ese poder: el dólar y el Pentágono (la fuerza militar) [...] El proteccionismo regional en curso, tipo Tratado Americano de Libre Comercio, se acentúa en el corto y mediano plazo. Se trata además de regionalismos comerciales, monetarios y también de seguridad [...] Es en este contexto de crisis y contradicciones, de vinculaciones y desvinculaciones, que es necesario tener presente la propensión de Estados Unidos a utilizar América Latina – no es un “patio trasero”, porque es un concepto que no nos da la real dimensión de lo que es el asunto, es “reserva estratégica” – como plataforma de relanzamiento después de sus hundimientos militares en Eurasia. (Saxe Fernández, 2009: s/p)

Es muy razonable, entonces, que diversos gobiernos de la región, sobre todo los que se encuentran bajo directa amenaza por su escaso alineamiento y “populismo de izquierda”, entretejan relaciones de cooperación militar, y mucho más allá de lo militar, cada vez más estrechas con actores internacionales estratégicos (China, Rusia, Irán, etcétera).

Así que también aquí, en una línea de continuidad apenas cuestionada con las reglas base del juego capitalista, ocurre que la actitud antiimperialista o simplemente contrahegemónica en muchos casos se confunda, diluya o sobreponga a las presiones populares que buscan una democracia radical anticapitalista. Es decir, la búsqueda de un orden social alternativo hasta el momento parece confirmar el diagnóstico recientemente reiterado por Emir Sader en el Encuentro de Economistas de La Habana:

A pesar de los avances hechos por el ALBA [...] [dice el brasileño] no está sólo la teoría de la crisis, está también la crisis de la teoría [...] las propuestas de superación de la crisis no están a la altura de las necesidades actuales. Sólo un análisis de lo que ya se ha avanzado en Venezuela, en Bolivia, en Ecuador, en Cuba, en el ALBA, dio un punto de partida importante de reflexión. (Sader, 2009: s/p).

Más allá de todo idealismo, el análisis crítico de estos avances constituye el ineludible punto de partida para un examen de las alternativas en la región. Precisamente en esta dirección, parece absolutamente pertinente la reflexión avanzada por Boaventura de Sousa Santos (2009), quien, a partir del pensamiento de Walter Benjamin, ilustra las disyuntivas en las que se encuentran los procesos y movimientos antisistémicos para “reinventar la emancipación social” frente a la crisis:

Para Walter Benjamin la revolución no era el motor de la historia; era un freno antes el abismo. Es decir que tenemos que crear una revolución para impedir que caigamos en el abismo, y me parece que eso es lo que está pasando. Con esta idea de los tiempos muchas cosas están confundidas: está confundida la idea del corto plazo con la idea del largo plazo, porque por un lado hay una urgencia de dar prioridad a la táctica, a alianzas heterogéneas, limitadas etc., y por otro lado es necesario dar prioridad a las estrategias, a una idea ideológica del futuro y de otra sociedad. Entonces hay una desestabilización entre los conceptos de largo y de corto plazo, y también una confusión o una desestabilización entre los conceptos de reforma y de revolución. (De Sousa, 2009: s/p)

Indudablemente, lo que alimenta esta “confusión” y “desestabilización” es la contingencia del momento histórico y, más específicamente, la dinámica y correlación de fuerzas que se da tanto en el campo hegemónico frente al contrahegemónico, como en el interior de cada uno de ellos. ¿Cuál será la “idea ideológica del futuro y de otra sociedad” que se está plasmando y/o se podría plasmar a través del ALBA? Esto se responde considerando una expresión de antaño que para los materialistas jamás perderá su imprescindible significado y valor explicativo, será en última instancia el resultado de la dinámica concreta y real, íntimamente contradictoria y conflictiva de la lucha de clases, tal como de la composición y recomposición de las formaciones sociales en donde ésta se desenvuelve. Claro está, en un cuadro internacional complejo, cambiante y, hoy más que nunca, incierto.

Bibliografía

Amin, Samir, (2004), “Nueva Hegemonía Mundialen Alternativas de cambio y movimientos sociales, Buenos Aires, CLACSO. Versión consultada en la página de la biblioteca virtual www.clacso.org.

De Sousa Santos, B. (2009), Reinventando la emancipación social, Cuadernos de Pensamiento Crítico Latinoamericano, CLACSO: Buenos Aires. Versión electrónica consultada en www.clacso.org.

Gambina, J. (2008), “A propósito de la integración en América Latina y el Caribe” en La Integración en América Latina: de la retórica a la realidad, Martínez, O. (compilador), Editorial de Ciencias Sociales: La Habana.

Gresh, A. (noviembre de 2008), “El Consenso de Pekín. Al alba de un siglo post-estadounidense”, Le Monde Diplomatique, año 2 núm. 19, consultado el 04 de enero de 2010 en http://www.eldiplo.com.pe/el-consenso-de-pekin

Katz, C. (2009), “América Latina frente a la crisis global”, consultado el 04 de enero de 2010 en http://www.lahaine.org/b2-img09/katz_crisis.pdf

Sader, E. (2009), “Hegemonía y contrahegemonía”, intervención realizada en el XI Encuentro Internacional de Economistas sobre Globalización y Problemas del Desarrollo, La Habana, consultada el 04 de enero 2010 en http://www.atilioboron.com/2009/03/normal-0-21-microsoftinternetexplorer4.html

Saxe-Fernández, J., Delgado-Ramos, G. (2005), Imperialismo y Banco Mundial, Editorial Popular: Madrid.

Saxe-Fernández, J. (2009), “América Latina-Estados Unidos: Dependencia Estratégica y Crisis”, ponencia presentada en el XI Encuentro Internacional de Economistas sobre Globalización y Problemas del Desarrollo, La Habana, consultada el 04 de enero de 2010 en http://www.atilioboron.com/2009/03/normal-0-21-microsoftinternetexplorer4.html