Pablo Gleason González
Septiembre-octubre 2010
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En el imaginario colectivo, tanto de los que se rebelan como de los que no, los movimientos de resistencia al sistema neoliberal se conforman como imágenes que percibimos. Aclaro que no creo que sean sólo eso, pero en este artículo me avoco a la creación y percepción de las imágenes, sean fijas o en movimiento, que se han ido generando y que se convierten en referencia de los grupos sociales organizados.
Durante dos años trabajé en la realización del documental Entre la tierra y la neblina, que muestra la cotidianidad del sistema de impartición de justicia que conocemos como la policía comunitaria en Guerrero, en la región de la Costa chica y la Montaña de este estado, es por ello que mi reflexión gira en torno a tales lugares.
En el año 2006, fui invitado a San Luis Acatlán a la celebración del 11º aniversario de la policía comunitaria, con la idea de explorar la posibilidad de realizar un documental sobre la misma; mucho había leído de ellos y grande era la curiosidad y admiración que me despertaban. Pero no fue sino hasta el año siguiente, durante el 12º aniversario, que pude ir; lo que me dio un año para investigar y profundizar, lo más posible, sobre la organización de la policía comunitaria, de manera más sistemática. Busqué las imágenes que fueran referencia, y para mi sorpresa las que predominaban eran los desfiles de celebración de los aniversarios: filas de hombres armados con uniforme característico: camiseta verde, gorra, botas y pantalones negros.
Viajé a Zitlaltepec y asistí a las celebraciones de su aniversario; entendí lo que los “compas” de medios libres, activistas solidarios y medios oficiales estaban haciendo: buscaban proyectar una imagen de alto impacto que diera cuenta de la fortaleza de la comunitaria. Es cierto que las imágenes de los policías agrupados, uniformados y desfilando con armas conforman una atmósfera de buena organización, de cohesión entre comunidades y de disciplina de los grupos. Esto me hizo pensar que aún siendo una organización abierta, democrática y bastante crítica, el único momento en el que las personas solidarias podíamos acercarnos para conocer a la comunitaria era durante sus celebraciones de aniversario, lo cual limita a quienes registran tales momentos históricos en este tipo de imágenes, pues a pesar de que hay un programa cultural en donde se presentan bailes regionales, concurso de dibujo para niños, lectura de poesía y música, no son éstas las imágenes simbólicas que representan a la policía comunitaria.
Durante los 14 años de existencia de la crac (Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias) que agrupa a los pueblos con policía comunitaria, la imagen que se ha ido construyendo y popularizando de ellos es ésa: hombres armados y uniformados que luchan por la justicia. Pero poco se conoce de los proyectos que han ido desarrollando durante todos estos años; poco se conoce también de la cotidianidad de aquellos que dan sostén a la organización. Se percibe sólo al cuerpo de policías comunitarios, de lo que resulta un vacío en el imaginario de lo que verdaderamente significa el trabajo desarrollado: las asambleas comunitarias, el proceso de reeducación de los detenidos, los proyectos de alimentación, de comunicación con las radios comunitarias, de salud y de educación, que también se han construido y fortalecido durante años.
Basta escuchar los resolutivos de las mesas de trabajo que se organizan durante los festejos de aniversario, pues éstos van siempre acompañados de un proceso de reflexión profunda que les permite hacer un balance de los logros, en el cual se establecen los retos y labores a realizar durante el año siguiente. Esto les permite mejorar progresivamente un amplio proyecto social que, año con año, se fortalece al sumar comunidades que se integran a la organización, al saber del buen funcionamiento de ella.
Sin embargo; es difícil plasmar ello en una imagen. Cabe explicar lo que son estos procesos y hacerlos visibles, de tal manera se puede construir una imagen más cercana a lo que es el trabajo que durante años se ha desarrollado en las comunidades mestizas, afro-mestizas e indígenas que, aún siendo muy diversas, se han puesto de acuerdo para alcanzar objetivos comunes.
En los artículos periodísticos, publicaciones en revistas, libros que analicé y conferencias a las que asistí, la posibilidad de un proyecto tal como el de la crac parece absolutamente abstracto. Todos estos trabajos de análisis o de investigación parten de la credibilidad y el rigor de quien los hace, para tomarlos como ciertos, pues en su mayoría se acompañan e ilustran con las imágenes simbólicas a las que me refería al inicio de esta reflexión escrita, lo que no muestra visualmente la complejidad de la organización. También me di cuenta de que para muchos era difícil hacerse una imagen de lo que es la crac y su funcionamiento, pues parece irreal que exista un territorio en México donde la cotidianidad no sea el narcotráfico y la violencia generada por los malos gobiernos en la supuesta lucha para erradicarlo, un territorio en donde efectivamente se haga justicia, donde no existan cárceles, donde las autoridades que imparten justicia no sean autoritarias y corruptas.
Después de unas primeras entrevistas que hice a las autoridades de las tres sedes de la crac (San Luis Acatlán, Espino Blanco y Zitlaltepec) me di cuenta de la dificultad para mostrar de manera clara, en imágenes, lo que significa en realidad el proyecto de la comunitaria. Fue entonces cuando solicité a las autoridades de la crac el permiso para hacer un documental en el cual se pudiera mostrar lo que es el proyecto de impartición de justicia desde una comunidad, y con un “compa” de la misma crac.
Con la intención de no interferir en el desarrollo de las actividades, seguí los pasos de los policías comunitarios, gracias a que se me autorizó hacerlo, pues, según se me explicó, para ellos es importante también la reflexión exterior: “queremos saber cómo nos ven desde afuera”, se me dijo. Esto habla de una actitud muy positiva de la crac, de apertura a la crítica para el mejoramiento constante del proyecto que desarrollan; algo que les ha caracterizado y que es contrario a lo que podría pensarse de ellos, ya que aparecen como un grupo hermético que no es. Se me concedió total libertad para el desarrollo de mi trabajo. Tuve, en todo momento, el apoyo de la crac y de sus dirigentes, quienes siempre se han mostrado transparentes hacia mí, tanto en sus declaraciones como en sus actos. Es importante recalcar esto, pues para un realizador es vital poder acercarse sin restricciones al registro de un proyecto tan complejo, y también plantea el reto de la dificultad de la representación visual de lo democrático de la organización.
Decidí que no iba a ser a través de los académicos que se narrara la historia, pues los verdaderos expertos son aquellos que viven cotidianamente la experiencia de la comunitaria, los “polis” y comandantes, el comité ejecutivo y los detenidos en el programa de reeducación.
Entrevisté a los líderes históricos y fundadores de la crac, pero la convivencia cotidiana con un comandante de la policía comunitaria, con quien pasé la mayoría del tiempo, me pareció la manera más adecuada de construir una historia que permitiera acercarse a los espectadores que están fuera de las comunidades, en las ciudades y en distintas regiones, a la esencia del sistema de impartición de justicia.
Creo que uno de los logros de mi documental es que muestra, desde el día a día, que el sistema de impartición de justicia funciona porque es parte de la cultura de los pueblos que habitan la región, porque la autoridad autónoma es legítima y el pueblo la asume como tal, la apoya y la estimula para continuar. Los mismos detenidos quieren reintegrarse a su comunidad, asumen sus errores y participan en el proceso de reeducación, de manera voluntaria. Efectivamente es un sistema perfectible, digamos: en constante transformación para su fortalecimiento, pero a pesar de las carencias y falta de infraestructura, ha logrado instalarse de manera permanente.
Para mí lo más importante en este documental es que hace visibles a la policía comunitaria, a la crac y a los pueblos que la integran, como parte de un proceso que va más allá de la imagen simbólica de la que hemos hablado; muestra a los compañeros comprometidos en su quehacer diario, en su vida de familia y en sus labores campesinas. El ser que forma parte de la policía comunitaria se humaniza, toma rostro y nos permite entender cómo, desde abajo con las bases sociales, en la familia, se ha ido rescatando y creando una cultura que es la raíz de este gran proyecto.
De esta manera, las imágenes simbólicas de la policía comunitaria son completadas, tienen una lectura diferente y más profunda, con lo que se puede instalar en el imaginario una percepción más cercana a la realidad que se vive en la montaña de Guerrero.
Sea este escrito también un vehículo para enviar una felicitación a la policía comunitaria, en su 15º aniversario que se celebra del 13 al 16 de octubre en San Luis Acatlán.
