A mitad del camino
Juan Galindo
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1 de abril de 2012
Es demasiado joven. Tal vez unos diecisiete años. El conductor, imperativo, le dice que si trae para pagar el pasaje. Con la mirada extraviada y movimientos lentísimos, torpes, responde que sí. Nadie le acepta con agrado. Ni yo. Esa mona que se lleva a la nariz y boca, tiene un escandaloso olor que perfora y ahuyenta el aliento. El solvente como que refresca y apaga el gusto. La chava al lado mío, posa sus ojos sobre los míos. No sé por qué pienso, o pensaba decirle, que no es necesario que se maquille. Como si lo adivinara, me lleva la contraria. Abre las piernas y yo puedo ver su ingle, unos deliciosos muslos dorados. Imagino que el sabor de dicha parte será como un licor que aguarda ser catado para enervar los sentidos. Lo imagino solamente. Sonríe y me guiña el ojo.
